Gianni Infantino cumple diez años como presidente de la FIFA en una posición que pocos dirigentes deportivos han logrado consolidar de manera tan duradera. Su figura combina una capacidad política excepcional con una gestión que no ha estado exenta de controversias, lo que lo convierte en uno de los personajes más influyentes y debatidos del fútbol mundial.
De la UEFA a la cúpula del fútbol global
Nacido en Brig, Suiza, en 1970, Infantino construyó su carrera en las estructuras administrativas del fútbol europeo. Antes de llegar a la FIFA, ocupó cargos relevantes en la UEFA, donde fue secretario general. Ese recorrido le permitió conocer a fondo los mecanismos de poder del fútbol internacional y tejer una amplia red de contactos que resultaría decisiva cuando se presentó a las elecciones de la FIFA en 2016, en un momento especialmente turbulento para el organismo tras el escándalo de corrupción que forzó la salida de Sepp Blatter.
Su elección fue vista inicialmente como una oportunidad de renovación. Sin embargo, con el paso de los años, su mandato ha generado fricciones significativas con los sindicatos de futbolistas y con las principales ligas y federaciones europeas, que han cuestionado algunas de sus decisiones sobre el calendario de competiciones y la organización del nuevo Mundial de Clubes, entre otros asuntos.
Un liderazgo que resiste las críticas
A pesar de las tensiones acumuladas, Infantino ha logrado mantenerse en la presidencia de la FIFA con un respaldo notable entre las federaciones de África, Asia y América, regiones donde la organización ha impulsado programas de inversión y desarrollo del fútbol. Esta base de apoyo le otorga una mayoría sólida que dificulta cualquier desafío a su autoridad dentro del organismo.
Su relación con gobiernos y líderes de distintas partes del mundo también ha sido objeto de escrutinio. La concesión de mundiales a países como Qatar o la futura organización del torneo en Arabia Saudí han alimentado el debate sobre los criterios que guían las decisiones de la FIFA bajo su liderazgo.
Tras una década al frente del organismo rector del fútbol mundial, Infantino aparece ante propios y extraños como una figura difícil de desalojar del poder, capaz de absorber las críticas y de mantener intacta su influencia en el deporte más popular del planeta.

